jueves, 16 de junio de 2011

Un secreto borincano


En la montaña alta,
entre las nubes y el suelo,
desde un enero cualquiera,
corre siempre mi alma blanca.

Soy del río y del gran árbol.
Soy de las flores hermana.
Admiradora del gallo,
que en las mañanas me canta.

Un día quise vagar,
transitar por nuevos lares,
salí del verde terruño
y a la capital llegué.

Ya no era el mismo aire.
No respiraba pureza.
Más entre calles y calles,
me senté y me quedé.

Mis pies pintaron con fango,
los caminos de la urbe.
Y pronto se acostumbraron
a la piel de la rígida acera.

Entre tanto rostro ajeno,
no encontré alguno afable.
Y pensaba en el campestre,
alegre hasta en la miseria.

Entre viajes, recorridos
a la conocida zona,
descubrí en un instante
qué era yo en ese lugar.

Soy eterna roca fuerte,
que aunque la lluvia azote,
aunque llegue la tormenta,
no se deja derrumbar.

Encontré en los secretos
de mi isla tan pequeña,
que hay desemejanza enorme
entre el campo y la ciudad.
 
Descubrí que el de la tierra
cuando quiera es de cemento,
mas el que vive en las afueras
nunca de campo será.

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